Opinión

jueves, 20 de diciembre de 2007


|OPINIÓN|


«Cállese y haga el favor...»


Callese y haga el favor… a simple vista se podría tratar de un simple gesto de cortesía que busca apaciguar a un político, a un periodista o incluso a un entrenador de fútbol.

El deporte rey por antonomasia se moderniza a pasos agigantados y sólo un sector de este complejo deporte permanece invariable con el paso de los años, el estamento arbitral.

Todos somos humanos y nos podemos y debemos equivocar, pero es importante que estas equivocaciones se reduzcan a medida que avanza la tecnología.

De esta manera, se acabaría con las sospechas fundadas o infundadas sobre ciertas colegiados que, además de realizar mal su trabajo, encima cuentan con privilegios en un terreno de juego.

El árbitro es la autoridad en el campo, pero su status no tiene que acarrear faltas de respeto hacia jugadores, entrenadores y demás componentes de los cuerpos técnicos de los equipos de fútbol.

El fútbol, negocio que mueve miles de millones al año, debería modernizarse y acabar con pillos y tramposos, pero también con ciertos sujetos que vagan por los campos de fútbol en plan el justiciero o el vengador. Se creen los reyes del mambo y no son capaces de evitar concentrar los focos en su persona cuando saltan a un terreno de juego.

Estos tarjeteros con solapa, además de malos en su profesión, son chulos y maleducados. Pueden llegar a insultarte o a inventarse algo sólo por el afán de convertirse en los protagonistas de un partido tranquilo y sin incidencias como el disputado en el municipal de la Vitoria el pasado miércoles.

Por el momento, no vamos a cambiar el fútbol, ya que cuatro puristas de mala muerte han decidido que se acabaría con la llamada esencia de este deporte, o lo que es lo mismo, poner fin a Pillín el tramposo, más conocido por los eufemistas, como Pillín el astuto, pero por lo menos, vamos a intentar mantener un poco las formas y usar ese famoso cállese y haga el favor…


sábado, 27 de octubre de 2007


OPINIÓN

¿Descanse en paz?


No suele ser muy agradable escribir sobre ese terrible desenlace que a todos nos espera antes o después. Los más puristas me tildarán de dantesco por no santiguarme una o dos veces antes de reflexionar sobre esa muerte de siglo XXI que, más que una celebración sobria y escueta, se ha convertido en un reclamo comercial con el que algunos se forran por obra y gracia de los sentimientos de las personas.

Al margen de lo que ocurre en las grandes urbes, en muchos lugares de la geografía española siguen conviviendo esas tradiciones que a las nuevas generaciones sorprenden día tras día por esa cercanía y pasión con la que se vive cada segundo. No entienden qué significa velar al difunto o rendirle el último adiós en compañía de unos familiares gravemente afectados.

En esos mismos resquicios olvidados, nunca mejor dicho, de la mano de Dios, perviven esas figuras de las leyendas de Bécquer: ese cura amo y señor del pueblo, que se cree alguien por el hecho de que nadie se atreve a decirle nada, porque con la eternidad no se juega o esa anciana de ojos vivaces, ataviada con un pañuelo negro que se cuela cerca del féretro con objeto de cotillear el semblante humano que aún le queda al difunto. Son personajes de esa España olvidada que algunos no se cansan de reclamar.

Siempre hay individuos que se mofan de estas situaciones y quieren sacar tajada. Puedes verles vestidos con sus hábitos y su lengua sutil, entrenada con mil y un sermones destinados a fidelizar a una plebe deseosa de creer en algo. Te querrán despistar, pero bajo esa fachada de hombre de Dios se esconde ese zapatones a la antigua usanza más preocupado de llenar la panza y el gaznate que de servir a unos siervos que acuden a él en busca de ese consuelo tan necesario cuando la vida comienza a expirar.

No le importa lo delicado de la situación ni de que delante de sus propias narices (de las cuales no ve más allá) haya personas congregadas esperando un ápice de tranquilidad más espiritual que racional de saber que ese ser querido está bien. Sin embargo, ¿qué más da cómo se sientan los feligreses? Lo que le importa a este sujeto es terminar, darle carpetazo a un funeral más y llenar la saca con un diezmo hinchado por aquello de la lágrima fácil que a todos nos hace aflojar la cartera sin miramientos de ningún tipo.

La actitud del párroco es la guinda a unas pocas horas en las que la familia del difunto ha tenido que sortear un sinfín de obstáculos hasta lograr enterrar a la persona en cuestión.

El individuo averigua que tras la defunción lo de menos es llorar la ausencia y que la muerte es un negocio más del que todo el mundo quiere sacar tajada. Contratar la funeraria, el lecho y demás servicios se antojan imprescindibles para que el fallecido descanse en paz. Si bien es cierto, en muchas ocasiones, este descanso supondrá el insomnio y la desesperanza de unos familiares que harán lo imposible para poner punto y final a uno de los peores capítulos de sus vidas.

De acuerdo a esto y a sabiendas que poco se puede hacer contra este negocio, lo mínimo que se puede reclamar a los protagonistas del mismo es que se comporten con ese grado de humanidad que se les presupone cuando entran a formar parte de toda esa parafernalia en la que se ha convertido la muerte.

'A la memoria de María Pérez Escudero'

martes, 18 de septiembre de 2007


OPINIÓN

Y a mi qué


Leo por la Prensa que Luis Aragonés no va a volver a hablar con los medios de comunicación hasta la Eurocopa de Austria y Suiza... y me digo, ¿y a mí qué?

¿Realmente le importa a alguien lo que diga este mal llamado sabio de Hortaleza...? ¿sabio de qué?, ¿acaso está doctorado en alguna materia que desconocemos? ¿ha dotado al deporte del balompié de alguna táctica, variante o nueva posición en el terreno de juego?

Quizá sea sabio, porque en cada comparecencia ante los cientos de micrófonos y cámaras que le siguen allí por donde pisa, suelta alguna perla de las suyas, fiel reflejo de lo que no debe ser un entrenador de fútbol.

El de Hortaleza parece más empecinado en originar fantasmas inexistentes, con el objetivo de buscar una vía de escape a su ineficacia a cargo del timón de la selección española, que en dar ejemplo y asumir errores que sólo él parece no ver.

Sin embargo, no me quiero meter en todas esas cuestiones futbolísticas y prefiero dejárselas a pseudoperiodistas del tipo de Roberto Gómez o Tomás Roncero.

Me quiero centrar más en ese papel que interpreta Aragonés. Sí, ese de español de dos huevos que arrasa allí por donde pasa, llámese Islandia, Suecia o la Conchinchina.

Un individuo que hace gala de su racismo («negro de mierda», por Henry), que hace cortes de mangas a sus jugadores, desprecios... y que luego se escuda en excusas ridículas que hasta un niño de teta sabe rebatir. Pero, lo peor de todo, es que nadie parece hacerse eco de esta situación para desgracia de los que vibramos con el deporte y nos sentimos españoles.

El fútbol nacional, si no quiere perder comba ante ligas como la inglesa, tiene que deshacerse de estos personajillos, propios del circo ibérico, y llevar a cabo una modernización acorde a los tiempos en los que vivimos.

Aragonés debería aprovechar el tirón mediático que tiene en la actualidad, porque con un poquito de suerte, ni hacemos las maletas para el Europeo de 2008 y entonces, ya veremos si habla o no habla.


OPINIÓN

El guay


Gafas de Armani untadas con la gotilla de gomina deslizada desde el pelo. Su estilo casual denota un acabado perfecto, fruto de más de 20 minutos delante del espejo, porque eso de la improvisación se lo deja para los del Gobierno.

Con un portazo sale de su casa dispuesto a comerse el mundo, con sus andares de Parla, su polito Lacoste y su ipod, mp3 o chumba chumba a toda pastilla.

Ahí lo tienen todos ustedes, chulo como él solo y más estirao que una jirafa en celo. Pero lo peor de este gualtrapa que no tiene donde caerse muerto, pese a su escaparate made in Italy, es que lo de la educación y las buenas formas lo olvidó en aquel baúl de los recuerdos que a su madre le dio por tirar por la ventana de atrás un día de borrachera y vomitona.

Tiene el baile de San Vito en el cuerpo y estarse parado se le antoja una misión imposible porque está tan colocado que apenas puede mantenerse derecho mientras balbucea las cuatro palabras que sabe con otro mascachapas que apuesta por el cenicero como moda peluquera.

Cuando llega a una estancia llena de gente saluda a gritos sin quitarse sus orejeras de música ratonera y sin ningún tipo de deferencia con el resto de sus semejantes, demostrando una vez más lo sobrado que va y, precisamente, no de educación.

Él es el rey del mambo, un acechador en la noche y un vividor sin escrúpulos. Sus obligaciones son un hobby destinado a ser cargado a algun tontolaba que tenga la desgracia de tenerle que ver la jeta día sí y día también.

Pero a él esta columna se la trae al pairo, porque lo de leer es una práctica de torpes y prefiere darle cañita de la buena a un cuerpo que cada día que pasa está más deteriorado por mucho que intente disimularlo dejándose la calderilla que gana en parches de algodón.

Seguro que mañana te lo cruzas por la calle, pero no te molestes en saludar, mándale a tomar por... para que sepa que estás cansado de tanto niño pijo engominado que ha hecho de sus carencias afectivas un modo de vida, reflejo de una estupidez suprema.

viernes, 7 de septiembre de 2007


OPINIÓN

¡Señora!

A punto de perder la educación, refunfuñas por lo bajini a la espera que alguien te oiga, pero nada.

Por mucho que tu semblante se tuerza y mires con los ojos desorbitados a esa señora que, con toda su jeta, se te ha metido en esa dichosa cola que te toca sufrir diariamente, ella se hace la longis ensimismada en su mundo de peluquería y revistas del Corazón.

La listilla mira, una y otra vez, el reloj como escudando su comportamiento. Y es que hay que entenderla, tiene prisa pues la publicidad del Tomate apenas dura tiempo... .

La cola sobresalía con creces de la caja registradora del super en el momento en que Maricielo, que así rezaba su tarjetita identificativa, abría una nueva caja para agilizar la compra a los clientes. Como si de robots se tratase, al son de un «por favor, pasen por aquí», me dirigí hacia mi destino cuando, incrédulo, contemplé como un paquete de esos de tranchetes (de no sé que marca) sobrevolaron mi cabeza y acabaron en la cinta de la caja.

«Estoy yo», me llegó a los oídos. No sé porqué, no me sorprendió verla al darme la vuelta. Su estilo denotaba esa trepa, maleducada y mezquina a la que le daba lo mismo que en la cola, al margen de mi persona, estuviese una pareja de ancianos a los que el calor y el estar de pié ya les estaba haciendo mella.

«¡Señora! ¡no tenga usted tanta cara!», le recriminé, pero ella mientras, se hacia sitio con sus aposaderas al tiempo que colocaba la cesta delante de mí.

Sin embargo, en esta ocasión, tal fue la avalancha de murmullos, gritos, malas caras... que la buena de Maricielo tuvo que pedir a la maruja en cuestión que recogiese su jodido paquete de tranchetes y se pusiese a la cola como todo hijo de vecino.

Al final tuve suerte y todo, pero a ver cuando se puede hacer la compra de forma segura por Internet y no os tengo que aguantar más, porque de verdad que le amargáis la vida a uno con vuestro pelo de peluquería y vuestras zapatillas de estar en casa por el super.

lunes, 27 de agosto de 2007


OPINIÓN

Villada

Me desperté sobresaltado, ayer estuve en Villada. En las retinas de mis ojos aún contemplaba a un emocionado Cayo relatándome su experiencia. Escuchaba a lo lejos el soniquete del tren y veía esa nube de humo que inundó toda la villa palentina aquel fatídico 21 de agosto de 2006.

Un sudor frío me recorrió el cuerpo y me pregunté cómo habían podido aguantar todo aquello esos valientes villadinos, vecinos como tú y como yo, que saltaron a la vía del tren con el único propósito de ayudar, en una demostración de humanidad con letras mayúsculas.

Por mucho que se escriba de vosotros y de vuestra heróica gesta, me sentía obligado a recordaros nuevamente, pues me enseñasteis mucho, al margen de mi labor periodística.


Esta vez las sensaciones fueron diferentes, aunque según nos adentrábamos en la localidad un nudo se formaba en mi estómago fruto de la expectación y del recuerdo. Las calles permanecían idénticas y la empresa Facundo (recientemente premiada con la Orden del Mérito Civil) había cambiado su improvisado hospital de campaña, paralelo a la vía del tren, por la tradicional zona de carga y descarga de camiones. Sin embargo, mis ojos seguían contemplando las carreras de los miembros del 112 y ese extraño silencio...

Alguien me despertó de ese horrible sueño y, en ese momento, comenzó mi trabajo, eso sí, siempre desde el cariño y la admiración por un pueblo, cuyo nombre permanecerá en la memoria de toda una generación.

Hoy en día aún se desconocen los entresijos que rodearon el accidente, pero lo que está claro es que sin la labor de los villadinos hoy hablaríamos de muchos más muertos y no sólo de siete.

Que estas líneas sirvan de homenaje, de mi parte y de todos los de Diario Palentino, porque sabemos que cuando ocurre algún tipo de desgracia a nadie le gusta transmitirla o revivirla, sin embargo vosotros os desvivisteis con nuestra labor y no tuvisteis reparos en facilitarnos nuestro dichoso trabajo, tan puñetero en algunas ocasiones.

jueves, 9 de agosto de 2007


OPINIÓN

Palos de ciego


No me acaba de convencer. No sabe o no le interesa y está desbordada por mucho que muestre su perfecta sonrisa a los flashes que la siguen día tras día. No, no se trata de un estrella pop o de la mujer de algún futbolista famoso, aunque, en la actualidad, le siguen millones de fans allí por donde pasa.

No es ciega, aunque el rumbo de su nave denota cierta falta de lucidez a la hora de adoptar medidas y por las noches se entretiene leyendo el Flautista de Hamelin en busca del secreto de tan ilustre músico romántico.

Silvia Clemente es la flamante nueva consejera de Agricultura de la Junta de Castilla y León, aunque ya le valdría haberse quedado en otro departamento alejado de esa guerra que actualmente se libra en Tierra de Campos. Clemente ha heredado una Consejería que está haciendo uno de los mayores ridículos que se le recuerda gracias a la invasión de los topillos que de título de película tiene poco, por mucho que su nombre así lo demuestre.

Sin embargo, la consejera más guay de la geografía castellana no tiene la culpa de haber recaído en una rama de la Administración sumida en un pozo que cada día que pasa se llena un poquito más de gloria, aunque la buena de Clemente (todo hay que decirlo) hasta hace bien poco confundiese a los topillos con esos roedores afables, estilo Ratatouille o los Superratones, y no con esas bolas de pelo tan poco agraciadas que campan a sus anchas por la meseta castellana.

Pese a esta situación, Silvia está contenta, ya que por fin ha encontrado el raticida que acabará con la plaga y, lo mejor de todo, es que cuenta con el beneplácito del Gobierno Central que (si me permiten decirlo) casi seguro que poco o nada sabe del tema. Pero a lo que vamos, la milagrosa solución: incendiar hectáreas de latifundios a la espera de que los topis salgan por patas... quizás el humo les eche como al no fumador de un bar lleno de tabaco... (ja). Mientras tanto, los agricultores se seguirán acordando de la buena de Silvia o de su predecesor.

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