Opinión

lunes, 27 de agosto de 2007


OPINIÓN

Villada

Me desperté sobresaltado, ayer estuve en Villada. En las retinas de mis ojos aún contemplaba a un emocionado Cayo relatándome su experiencia. Escuchaba a lo lejos el soniquete del tren y veía esa nube de humo que inundó toda la villa palentina aquel fatídico 21 de agosto de 2006.

Un sudor frío me recorrió el cuerpo y me pregunté cómo habían podido aguantar todo aquello esos valientes villadinos, vecinos como tú y como yo, que saltaron a la vía del tren con el único propósito de ayudar, en una demostración de humanidad con letras mayúsculas.

Por mucho que se escriba de vosotros y de vuestra heróica gesta, me sentía obligado a recordaros nuevamente, pues me enseñasteis mucho, al margen de mi labor periodística.


Esta vez las sensaciones fueron diferentes, aunque según nos adentrábamos en la localidad un nudo se formaba en mi estómago fruto de la expectación y del recuerdo. Las calles permanecían idénticas y la empresa Facundo (recientemente premiada con la Orden del Mérito Civil) había cambiado su improvisado hospital de campaña, paralelo a la vía del tren, por la tradicional zona de carga y descarga de camiones. Sin embargo, mis ojos seguían contemplando las carreras de los miembros del 112 y ese extraño silencio...

Alguien me despertó de ese horrible sueño y, en ese momento, comenzó mi trabajo, eso sí, siempre desde el cariño y la admiración por un pueblo, cuyo nombre permanecerá en la memoria de toda una generación.

Hoy en día aún se desconocen los entresijos que rodearon el accidente, pero lo que está claro es que sin la labor de los villadinos hoy hablaríamos de muchos más muertos y no sólo de siete.

Que estas líneas sirvan de homenaje, de mi parte y de todos los de Diario Palentino, porque sabemos que cuando ocurre algún tipo de desgracia a nadie le gusta transmitirla o revivirla, sin embargo vosotros os desvivisteis con nuestra labor y no tuvisteis reparos en facilitarnos nuestro dichoso trabajo, tan puñetero en algunas ocasiones.

jueves, 9 de agosto de 2007


OPINIÓN

Palos de ciego


No me acaba de convencer. No sabe o no le interesa y está desbordada por mucho que muestre su perfecta sonrisa a los flashes que la siguen día tras día. No, no se trata de un estrella pop o de la mujer de algún futbolista famoso, aunque, en la actualidad, le siguen millones de fans allí por donde pasa.

No es ciega, aunque el rumbo de su nave denota cierta falta de lucidez a la hora de adoptar medidas y por las noches se entretiene leyendo el Flautista de Hamelin en busca del secreto de tan ilustre músico romántico.

Silvia Clemente es la flamante nueva consejera de Agricultura de la Junta de Castilla y León, aunque ya le valdría haberse quedado en otro departamento alejado de esa guerra que actualmente se libra en Tierra de Campos. Clemente ha heredado una Consejería que está haciendo uno de los mayores ridículos que se le recuerda gracias a la invasión de los topillos que de título de película tiene poco, por mucho que su nombre así lo demuestre.

Sin embargo, la consejera más guay de la geografía castellana no tiene la culpa de haber recaído en una rama de la Administración sumida en un pozo que cada día que pasa se llena un poquito más de gloria, aunque la buena de Clemente (todo hay que decirlo) hasta hace bien poco confundiese a los topillos con esos roedores afables, estilo Ratatouille o los Superratones, y no con esas bolas de pelo tan poco agraciadas que campan a sus anchas por la meseta castellana.

Pese a esta situación, Silvia está contenta, ya que por fin ha encontrado el raticida que acabará con la plaga y, lo mejor de todo, es que cuenta con el beneplácito del Gobierno Central que (si me permiten decirlo) casi seguro que poco o nada sabe del tema. Pero a lo que vamos, la milagrosa solución: incendiar hectáreas de latifundios a la espera de que los topis salgan por patas... quizás el humo les eche como al no fumador de un bar lleno de tabaco... (ja). Mientras tanto, los agricultores se seguirán acordando de la buena de Silvia o de su predecesor.

lunes, 6 de agosto de 2007


OPINIÓN

Ni 'mu'

Callarse en ocasiones es la mejor opción. Asentir y marcharte con el rabo entre las piernas es una práctica que, por lo general, se impone en muchas facetas de tu vida diaria sin que tu vena de gallito pueda hacer nada al respecto.

Las jerarquías, los organigramas, el simple carácter o las circunstancias, estructuran un escalafón que tarde o temprano te someterá a esas cosas de las que no te creías capaz por el simple hecho de un hazlo a veces acompañado de ahora mismo.

En esos primeros instantes, tras el ordeno y mando, es cuando tu subsconsciente plantea la duda: «¿Debería realizar esa tarea que choca contra mis principios, por el simple hecho de ocupar una posición privilegiada de cara a las posaderas del jerifalte de turno (encaprichado desde su niñez en tener a su pelotilla particular), o bien, debería plantarme y exponer a Fulano, Mengano o a Cristo bendito que con mi trabajo no se juega...?».

Quizá debería plantearles de forma diferente la cuestión. ¿Cómo eres de espabilao? Si lo eres mucho, con el tiempo aprenderás a mantener un silencio sepulcral cuando las aguas bajen revueltas o, por el contrario, pondrás el grito en el cielo, cuando las cosas se pasen de castaño oscuro y el jefecillo de turno se crea la reencarnación de Manolete sin don para la muletilla.

Sin embargo, lo que se lleva hoy en día es no decir ni mu. Los individuos, como si de una cadena de montaje se tratase, trabajan al ritmo que sea en las condiciones que se le pongan en los cojo... a alguien en algún lugar y en algún momento. ¿Qué tienes que comerte el curre de hoy y de mañana comprimido en una tarde? pues lo haces, porque total, tú no tienes lo que hay que tener para luchar por tus intereses. Es más importante mantener tu status quo y poder seguir disfrutando de las pequeñas cosillas que hacen tu vida un poco más insignificante, pero que te permiten dormir tranquilo por las noches.

Llegado a este punto, lo único que te pido es que mañana no vengas a despotricar, porque no quiero escuchar ni mu.


OPINIÓN

Ernesto 'el trabajador'

Verano, 12 horas y el sol calienta sobre los cueros cabelludos de una cuadrilla de obreros que, ataviados con sus monos azules, trabajan en algún lugar de la A-62, por cuenta de la Administración Pública. Sus caras morenas dejan entrever duras jornadas laborales que ríase el Príncipe Felipe en la censurada portada de la revista El Jueves.

Atónitos e indignados, los viajeros de una hilera de coches que circulan en caravana desde hace dos kilómetros, observan asombrados cómo de los 15 obreros sólo el amigo Ernesto trabaja dándole a la palanca dentro de su asfaltadora mágica. Ahora pa lante, ahora pa atrás, así, al compás, sin que ni uno sólo de sus compañeros se mueva de su improvisado burladero. La imagen (surrealista) recuerda a ese costumbrismo español armonizado con unos cuantos brothers venidos de la lejana Sudamérica.

12,30 horas: la hora del bocadillo. Después de una primera parte muy laboriosa, la cuadrilla se dispone a engullir esos tentempiés, mientras contemplan los conos naranjas que permiten que los coches circulen por un único carril. En ese momento, un conductor, en un cercano autobús, no se cansa de lanzar improperios tras más de 30 minutos de retraso en su ruta regular. «Nada, ¡no os canséis que es malo! ¡Cómo el cobro sea hasta fin de obra tenemos cortes hasta el juicio final!», grita por la ventanilla. Sin embargo, a Ernesto y los suyos los gritos se la traen al pairo, porque ellos se limitan a plasmar lo que han mamado desde que llegaron al sector público.

13:20 horas: el capataz de la obra, asalariado privilegiado, hace acto de aparición, cansado de una dura jornada en la barra del Tío Pepe. «Ale chicos, que ya no queda na», les anima. Y tras cinco duros minutos donde la cuadrilla lo da todo y el sudor hace acto de aparición, se recogen a sus casas, cansados de tan laboriosa jornada, típica del que dicen es uno de los trabajos más exigentes que existe.

Spain ist different, pero hay ciertas costumbres en la Administración Pública que seguirán engrandeciéndola por obra y gracia de la cañita y olé.

<