
OPINIÓN
Ernesto 'el trabajador'

Verano, 12 horas y el sol calienta sobre los cueros cabelludos de una cuadrilla de obreros que, ataviados con sus monos azules, trabajan en algún lugar de la A-62, por cuenta de la Administración Pública. Sus caras morenas dejan entrever duras jornadas laborales que ríase el Príncipe Felipe en la censurada portada de la revista El Jueves.
Atónitos e indignados, los viajeros de una hilera de coches que circulan en caravana desde hace dos kilómetros, observan asombrados cómo de los 15 obreros sólo el amigo Ernesto trabaja dándole a la palanca dentro de su asfaltadora mágica. Ahora pa lante, ahora pa atrás, así, al compás, sin que ni uno sólo de sus compañeros se mueva de su improvisado burladero. La imagen (surrealista) recuerda a ese costumbrismo español armonizado con unos cuantos brothers venidos de la lejana Sudamérica.
12,30 horas: la hora del bocadillo. Después de una primera parte muy laboriosa, la cuadrilla se dispone a engullir esos tentempiés, mientras contemplan los conos naranjas que permiten que los coches circulen por un único carril. En ese momento, un conductor, en un cercano autobús, no se cansa de lanzar improperios tras más de 30 minutos de retraso en su ruta regular. «Nada, ¡no os canséis que es malo! ¡Cómo el cobro sea hasta fin de obra tenemos cortes hasta el juicio final!», grita por la ventanilla. Sin embargo, a Ernesto y los suyos los gritos se la traen al pairo, porque ellos se limitan a plasmar lo que han mamado desde que llegaron al sector público.
13:20 horas: el capataz de la obra, asalariado privilegiado, hace acto de aparición, cansado de una dura jornada en la barra del Tío Pepe. «Ale chicos, que ya no queda na», les anima. Y tras cinco duros minutos donde la cuadrilla lo da todo y el sudor hace acto de aparición, se recogen a sus casas, cansados de tan laboriosa jornada, típica del que dicen es uno de los trabajos más exigentes que existe.
Spain ist different, pero hay ciertas costumbres en la Administración Pública que seguirán engrandeciéndola por obra y gracia de la cañita y olé.
Atónitos e indignados, los viajeros de una hilera de coches que circulan en caravana desde hace dos kilómetros, observan asombrados cómo de los 15 obreros sólo el amigo Ernesto trabaja dándole a la palanca dentro de su asfaltadora mágica. Ahora pa lante, ahora pa atrás, así, al compás, sin que ni uno sólo de sus compañeros se mueva de su improvisado burladero. La imagen (surrealista) recuerda a ese costumbrismo español armonizado con unos cuantos brothers venidos de la lejana Sudamérica.
12,30 horas: la hora del bocadillo. Después de una primera parte muy laboriosa, la cuadrilla se dispone a engullir esos tentempiés, mientras contemplan los conos naranjas que permiten que los coches circulen por un único carril. En ese momento, un conductor, en un cercano autobús, no se cansa de lanzar improperios tras más de 30 minutos de retraso en su ruta regular. «Nada, ¡no os canséis que es malo! ¡Cómo el cobro sea hasta fin de obra tenemos cortes hasta el juicio final!», grita por la ventanilla. Sin embargo, a Ernesto y los suyos los gritos se la traen al pairo, porque ellos se limitan a plasmar lo que han mamado desde que llegaron al sector público.
13:20 horas: el capataz de la obra, asalariado privilegiado, hace acto de aparición, cansado de una dura jornada en la barra del Tío Pepe. «Ale chicos, que ya no queda na», les anima. Y tras cinco duros minutos donde la cuadrilla lo da todo y el sudor hace acto de aparición, se recogen a sus casas, cansados de tan laboriosa jornada, típica del que dicen es uno de los trabajos más exigentes que existe.
Spain ist different, pero hay ciertas costumbres en la Administración Pública que seguirán engrandeciéndola por obra y gracia de la cañita y olé.

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