
OPINIÓN
¿Descanse en paz?
No suele ser muy agradable escribir sobre ese terrible desenlace que a todos nos espera antes o después. Los más puristas me tildarán de dantesco por no santiguarme una o dos veces antes de reflexionar sobre esa muerte de siglo XXI que, más que una celebración sobria y escueta, se ha convertido en un reclamo comercial con el que algunos se forran por obra y gracia de los sentimientos de las personas.
Al margen de lo que ocurre en las grandes urbes, en muchos lugares de la geografía española siguen conviviendo esas tradiciones que a las nuevas generaciones sorprenden día tras día por esa cercanía y pasión con la que se vive cada segundo. No entienden qué significa velar al difunto o rendirle el último adiós en compañía de unos familiares gravemente afectados.
En esos mismos resquicios olvidados, nunca mejor dicho, de la mano de Dios, perviven esas figuras de las leyendas de Bécquer: ese cura amo y señor del pueblo, que se cree alguien por el hecho de que nadie se atreve a decirle nada, porque con la eternidad no se juega o esa anciana de ojos vivaces, ataviada con un pañuelo negro que se cuela cerca del féretro con objeto de cotillear el semblante humano que aún le queda al difunto. Son personajes de esa España olvidada que algunos no se cansan de reclamar.
Siempre hay individuos que se mofan de estas situaciones y quieren sacar tajada. Puedes verles vestidos con sus hábitos y su lengua sutil, entrenada con mil y un sermones destinados a fidelizar a una plebe deseosa de creer en algo. Te querrán despistar, pero bajo esa fachada de hombre de Dios se esconde ese zapatones a la antigua usanza más preocupado de llenar la panza y el gaznate que de servir a unos siervos que acuden a él en busca de ese consuelo tan necesario cuando la vida comienza a expirar.
No le importa lo delicado de la situación ni de que delante de sus propias narices (de las cuales no ve más allá) haya personas congregadas esperando un ápice de tranquilidad más espiritual que racional de saber que ese ser querido está bien. Sin embargo, ¿qué más da cómo se sientan los feligreses? Lo que le importa a este sujeto es terminar, darle carpetazo a un funeral más y llenar la saca con un diezmo hinchado por aquello de la lágrima fácil que a todos nos hace aflojar la cartera sin miramientos de ningún tipo.
La actitud del párroco es la guinda a unas pocas horas en las que la familia del difunto ha tenido que sortear un sinfín de obstáculos hasta lograr enterrar a la persona en cuestión.
El individuo averigua que tras la defunción lo de menos es llorar la ausencia y que la muerte es un negocio más del que todo el mundo quiere sacar tajada. Contratar la funeraria, el lecho y demás servicios se antojan imprescindibles para que el fallecido descanse en paz. Si bien es cierto, en muchas ocasiones, este descanso supondrá el insomnio y la desesperanza de unos familiares que harán lo imposible para poner punto y final a uno de los peores capítulos de sus vidas.
De acuerdo a esto y a sabiendas que poco se puede hacer contra este negocio, lo mínimo que se puede reclamar a los protagonistas del mismo es que se comporten con ese grado de humanidad que se les presupone cuando entran a formar parte de toda esa parafernalia en la que se ha convertido la muerte.
Al margen de lo que ocurre en las grandes urbes, en muchos lugares de la geografía española siguen conviviendo esas tradiciones que a las nuevas generaciones sorprenden día tras día por esa cercanía y pasión con la que se vive cada segundo. No entienden qué significa velar al difunto o rendirle el último adiós en compañía de unos familiares gravemente afectados.
En esos mismos resquicios olvidados, nunca mejor dicho, de la mano de Dios, perviven esas figuras de las leyendas de Bécquer: ese cura amo y señor del pueblo, que se cree alguien por el hecho de que nadie se atreve a decirle nada, porque con la eternidad no se juega o esa anciana de ojos vivaces, ataviada con un pañuelo negro que se cuela cerca del féretro con objeto de cotillear el semblante humano que aún le queda al difunto. Son personajes de esa España olvidada que algunos no se cansan de reclamar.Siempre hay individuos que se mofan de estas situaciones y quieren sacar tajada. Puedes verles vestidos con sus hábitos y su lengua sutil, entrenada con mil y un sermones destinados a fidelizar a una plebe deseosa de creer en algo. Te querrán despistar, pero bajo esa fachada de hombre de Dios se esconde ese zapatones a la antigua usanza más preocupado de llenar la panza y el gaznate que de servir a unos siervos que acuden a él en busca de ese consuelo tan necesario cuando la vida comienza a expirar.
No le importa lo delicado de la situación ni de que delante de sus propias narices (de las cuales no ve más allá) haya personas congregadas esperando un ápice de tranquilidad más espiritual que racional de saber que ese ser querido está bien. Sin embargo, ¿qué más da cómo se sientan los feligreses? Lo que le importa a este sujeto es terminar, darle carpetazo a un funeral más y llenar la saca con un diezmo hinchado por aquello de la lágrima fácil que a todos nos hace aflojar la cartera sin miramientos de ningún tipo.
La actitud del párroco es la guinda a unas pocas horas en las que la familia del difunto ha tenido que sortear un sinfín de obstáculos hasta lograr enterrar a la persona en cuestión.
El individuo averigua que tras la defunción lo de menos es llorar la ausencia y que la muerte es un negocio más del que todo el mundo quiere sacar tajada. Contratar la funeraria, el lecho y demás servicios se antojan imprescindibles para que el fallecido descanse en paz. Si bien es cierto, en muchas ocasiones, este descanso supondrá el insomnio y la desesperanza de unos familiares que harán lo imposible para poner punto y final a uno de los peores capítulos de sus vidas.
De acuerdo a esto y a sabiendas que poco se puede hacer contra este negocio, lo mínimo que se puede reclamar a los protagonistas del mismo es que se comporten con ese grado de humanidad que se les presupone cuando entran a formar parte de toda esa parafernalia en la que se ha convertido la muerte.
'A la memoria de María Pérez Escudero'

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